Hace unos meses incluí una entrada en la que hablaba del tanatorio. Tristemente, tuve que visitarlo hace unos días para despedir a una de las personas más importantes de mi vida. Alguien que está presente en casi todos los recuerdos de felicidad de mi infancia -cuando la felicidad es tan intensa, y se graba en nuestra memoria para siempre-: sus persecuciones llenas de risas mías y de mis hermanas por el pasillo, la infinita paciencia para darme de comer (¡casi hasta los siete años, cuando me cansaba enseguida!), las sesiones de rascado de espalda, un hijo tras otro; las lecturas del Quijote -los pasajes más divertidos, él siempre muerto de risa- o de poemas (de "las mil mejores poesías de la lengua castellana") antes de acostarnos, y la alegría permanente; su mano, que siempre daba seguridad y calor. Ya más mayor, su tolerancia ante mis suspensos y la confianza en que superaría los baches, como así fue...Ayer, ordenando sus escasas pertenencias -era muy austero-, encontré archivadas diferentes cartas al director publicadas escritas por mí, noticias y entrevistas en las que yo aparecía en distintos medios, e incluso la factura de lo que costó la celebración de mi primera comunión.
Sus cenizas están por aquí, en la aldea donde también él fue tan feliz cuando niño. Hasta siempre.

Sus cenizas están por aquí, en la aldea donde también él fue tan feliz cuando niño. Hasta siempre.